¿Sabemos gestionar las emociones en situaciones de desafío?

Algunas personas, al hacer una presentación en público, negociar o realizar una entrevista importante, pierden sus facultades y lo pasan mal. Ser el centro de atención, sentirse en el “escenario”, expresarse ante un público o negociar con terceros, les causa estrés. Frente a tal desafío, sienten temor de “no estar a la altura” y tienden a perder control emocional.

La palabra francesa “enjeu” se traduce como “hay mucho en juego” y significa que nos estamos jugando algo importante y que de ello, esperamos obtener un desenlace positivo a nuestro favor. En estas situaciones, nuestras emociones casi siempre se interponen y nos impiden ser más efectivos al comunicar y transmitir aquello que realmente queremos transmitir. Es extremadamente difícil, ocultar nuestras emociones. Nuestro lenguaje no verbal, gestos, expresión facial, tonalidad de la voz y nuestras emociones a través de él, a menudo, nos delatan.

No somos autómatas. Controlar nuestras emociones o estar en “actitud zen”, no es nada fácil. Para no dejarnos invadir emocionalmente, necesitamos aprender ciertas prácticas o comportamientos que nos permitirán manejar nuestras emociones, cuando “hay mucho en juego”.

¿Por qué nos invaden las emociones cuando hablamos en público?

Las situaciones donde necesitamos satisfacer necesidades básicas u obtener resultados, tienden a generar estrés. El estrés es una reacción fisiológica del organismo mediante la cual se activan mecanismos de defensa, para afrontar situaciones de amenaza o peligro. En situaciones de verdadero peligro, es una respuesta natural y necesaria para la supervivencia.

Para algunas personas, hablar en público, supone un desafío, que perturba su equilibrio emocional y genera emociones no muy positivas, ligadas a la expresión de cierto grado de estrés.

La necesidad de reconocimiento es una necesidad humana básica.

Cuando comunicamos, necesitamos ser reconocidos, escuchados y entendidos por nuestros oyentes o interlocutores.

En este tipo de situaciones, donde “hay mucho en juego” (se espera obtener un resultado) aparece el temor a no obtener satisfacción e incluso a ser juzgados por el otro, a quien inconscientemente consideramos como una amenaza o un competidor.

Vivimos la situación como un peligro, poniendo énfasis en lo que queremos transmitir (el contenido de nuestro mensaje) y restando importancia en cómo lo queremos transmitir afín de optimizar la escucha de nuestros interlocutores.

Priorizamos el fondo, restando importancia a la forma.

Al percibir la situación como una amenaza, activamos las reacciones fisiológicas que acompañan el estrés y que influyen en nuestra expresión: secreción de hormonas como las catecolaminas y entre ellas, la adrenalina en la glándula suprarrenal,

  • el corazón late más fuerte y rápido y sube la presión arterial,
  • se acelera la respiración,
  • la sangre se dirige de los intestinos hacia los músculos para dar prioridad al cerebro y los órganos más críticos para la acción (corazón, pulmones, músculos),
  • la mente aumenta el estado de alerta,
  • el nivel de insulina aumenta para que el cuerpo metabolice mas energía,
  • se agudizan los sentidos,
  • sube el centro de gravedad del cuerpo y perdemos la sensación de estar en contacto con la tierra.

El resultado es que no somos tan eficientes como quisiéramos y nuestro mensaje pierde fuerza y coherencia.

¿Cómo canalizar la emotividad para transformarla en recurso y minimizar las reacciones fisiológicas ligadas al estrés?

Podemos canalizar el estado de emotividad que surge en una situación de desafío, con un aprendizaje adecuado.

Una alternativa a no caer en el temor de ser juzgados por terceros, es estimular la necesidad que tenemos de recibir algo del otro: la atención, la escucha y el reconocimiento que necesitamos como seres humanos.

El cerebro responderá de manera diferente según se prepare para gestionar el temor o se active para satisfacer una necesidad de recibir o de ser reconocido (obtener una sonrisa, una mirada, atención).

Podemos aprender a vivir la situación de “donde hay mucho en juego”, de manera diferente, evitando el desbordamiento emocional y adoptando nuevos comportamientos relacionales.

Se trata de entrenarse con prácticas útiles de percepción e integrar nuevos reflejos.

En primer lugar identificaremos y diagnosticaremos nuestras habilidades para comunicar.

En segundo nos entrenaremos a obtener los reflejos adecuados (respiración, motricidad, gesto, espacio, relación), sea cual sea la situación, para comunicar con más espontaneidad.

Todos sabemos comunicar de manera más o menos eficiente. Con un entrenamiento adecuado todos podemos ser excelentes comunicadores.

Susana Ramon

www.inpuls.es

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